La bandera no abriga

Claudia Acebrón
Secretaria de Feminisme i LGTBI+
de la Joventut Socialista del Baix Llobregat

 

Sin duda alguna es desgarrador, para cualquier demócrata y/o progresista, ver los resultados de la extrema derecha en las elecciones que se celebraron ayer. No hubo vencedores porque pensar que una parte tan grande de España comulga con esas ideas no es victoria para nadie.

Ahora no hay cabida para las culpas a otros, las excusas ni los balones fuera: todos aquellos partidos políticos que rechacen la ultraderecha y el fascismo tienen la obligación moral y la responsabilidad política de ser capaces de encontrar puntos en común para formar gobierno.

VOX logró 3,6 millones de votos. Que las clases más altas de nuestro país lo hayan hecho no es sorprendente: es el partido de las élites económicas, del nacional populismo y de la defensa de unos valores arcaicos que han caracterizado el mundo durante siglos y lo han clasificado entre ricos y pobres y poderosos y subordinados. Que lo haga la clase media y baja de nuestro país y que, sobre todo, comparta su discurso, es difícil comprender, como lo es, que lo compartan mujeres, migrantes o personas del colectivo LGTBI+, cuando en su programa electoral es fácil encontrar propuestas dirigidas a recortar sus derechos. Sin embargo, ocurre y lo hace como en todos los partidos de ultraderecha.

Recuerdo cuando en enero de 2017, mirábamos a EEUU desde España y nos echábamos las manos a la cabeza porque los y las estadounidenses escogieron como presidente a un hombre clasista, machista, racista y homófobo. Pues bien, es exactamente lo mismo.

¿Podemos encontrar algunas explicaciones para el auge de la extrema derecha en España?

Bien, en primer lugar, lo que debemos comprender es que ésta nunca ha desaparecido y que existen miles de personas que comparten estos valores pero que no tenían partido político que los representara hasta ahora. Evidentemente, gran parte del electorado de este partido no ha compartido la ideología de la extrema derecha hasta ahora, si no que, son votantes de otros partidos de derechas (la gran mayoría), abstencionistas y también, que provienen de partidos de centroizquierda.

Existen varias posibles explicaciones para los tres últimos casos.

Por un lado, el desgaste, el descontento y la desconfianza en la clase política para resolver los problemas de la ciudadanía.

Partidos políticos “de siempre” y otros relativamente nuevos que dijeron que lo cambiarían todo y no lo han hecho y que, además, todos ellos han sido incapaces de formar gobierno.

Por otro lado, como en todos los países donde avanza la extrema derecha: la efectividad del discurso del miedo. El discurso que le dice al pobre que los inmigrantes le quitarán el trabajo y/o que las políticas de izquierdas le quitarán lo poco que tiene y al rico que las políticas progresistas y redistributivas, acabarán con sus privilegios. Extremos.

Por supuesto, algo importante es que en España la derecha siempre ha tenido un gran seudo de votos y una fuerte fidelidad electoral. Ésta, con el paso de los años de la Democracia, se ha convertido en una derecha descafeinada para muchos, que además arrastra años de corrupción. Ese lugar abandonado por la derecha dura es el que ocupa VOX, llevado al extremo en el siglo en el que los grises parecen no tener cabida, solo la polaridad. Además, su discurso se ha normalizado gracias a la entrada del partido en las instituciones de la mano de otros partidos de derecha y a la formación de gobiernos con éstos, que han neutralizado su discurso y apaciguado el miedo, demostrando que “no son tan malos” y que incluso comparten ideas con ellos.

Y, por último, la falta de cultura política y de memoria histórica en España, que no recuerda ni pone el nombre correcto a lo que ocurrió de 1936 a 1975 y que actualmente, no define ni sabe calibrar adecuadamente los valores ideológicos y las propuestas electorales del partido de Santiago Abascal.

Este año, aún existía el debate en nuestra sociedad y entre nuestros políticos sobre la intención de exhumar al dictador.

A todo esto, y aunque suene repetitivo, hay que sumarle el conflicto catalán, con el que, bandera en mano de nuevo, muchos han visto amenazados los valores de patria que resurgen y que promulga el partido de ultraderecha y una reacción blanda del resto de partidos ante los independentistas.

En todo este contexto, la división de la izquierda no ha ayudado.

Pese a la suma de todas estas posibles explicaciones del auge de la extrema derecha, la realidad sigue siendo difícil de digerir.

En 2019 más de un 15% de españoles y españolas les ha votado y ha comprado el discurso de la división y la diferencia entre ricos y pobres, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, españoles e inmigrantes.

Las políticas progresistas, la defensa de los derechos civiles y la justicia social es lo único que puede combatir al fascismo. También el discurso del odio que lleva intrínseco.

La patria que tantos defienden con banderas gigantescas de España, no es patria si no cuida a sus ciudadanos y ciudadanas.

El himno no sirve de nada si detrás de él no hay un orgullo por la sociedad construida.

Llega el frío y otro invierno en el que muchas familias no podrán encender la calefacción o pagar la factura de la luz y una bandera no les abrigará lo suficiente. Sigue existiendo pobreza infantil y comedores sociales que atienden cada día a centenares de personas y una bandera no se come. La bandera no separa a la mujer del hombre que la maltrata, ni sirve de barca para el inmigrante que se ahoga. No acaba con las injusticias ni con la corrupción. No garantiza una sociedad igualitaria, la redistribución de la riqueza o el Estado de Bienestar. Tampoco la subida de las pensiones, ni del SMI, ni tampoco un país menos contaminado.

Solo una izquierda unida y con proyecto puede hacerlo.

La ciudadanía ha resistido, la izquierda ha resistido, aunque haya perdido fuerza. Este país no quiere ser un país de derecha ni de ultraderecha.

El mandato es claro y ahora toca ejercerlo con responsabilidad y altura política.

Hoy, 11 de noviembre, debe ser el primer día para empezar a negociar, a buscar acuerdos y a encontrar soluciones para construir una España progresista y social más fuerte.

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